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martes, 5 de noviembre de 2024

El fulgor del rayo





                           Era casi media noche de aquel día tedioso y espeso, sumido en una terca y porfiada quietud en plena canícula veraniega, haciendo lento y aburrido el paso de las horas en ese opresivo ambiente, cuando decidí abrir de par en par las ventanas de la galería, buscando infructuosamente renovar el aire sofocante que invadía aquella estancia; al tiempo que alzaba la vista para observar los plomizos nubarrones moviéndose a merced de un viento agostado y remolón, mostrando y ocultando su contorno aborregado tras las bambalinas luminosas de la luna llena, bajo un cielo sombrío y encapotado que anunciaba la proximidad de la borrasca. Allá a lo lejos, se proyectaban ráfagas fugaces de luces intermitentes que se perdían en lontananza en aquella cerrazón, confundidas con el retumbar con el retumbar distante de los truenos.
           Media hora más tarde comenzaba a desatarse la tormenta, que avanzaba amenazadora desde poniente. empujada por un creciente ventarrón del sudoeste tozudo y machacón, generando súbitos chaparrones pasajeros, que a lomos de aquel ardiente vendaval, a duras penas alcanzaba el suelo, al dispersarse y evaporarse una parte sustancial de los goterones de lluvia en su caída.
            Apoyado sobre el quicio de la ventana permanecía absorto contemplando los avatares que e sucedían en aquel inquietante y sorprendente escenario natural, hasta que las campanadas de un cercano reloj de pared y el estampido próximo de un trueno, me movieron a actuar con la máxima premura  para tratar de obtener esa fugaz e imprevisible imagen fotográfica de un rayo antes de disiparse la tormenta . Previamente había dispuesto todo lo necesario para cuando llegase la ocasión, montar con presteza la cámara réflex sobre un trípode, y accionarla mediante un disparador de cable dirigiendo el objetivo hacia donde se generaba la mayor actividad eléctrica.
           Momentos después una luz cegadora de gran intensidad, iluminó por un instante el recinto acristalado y sus inmediaciones, dibujando en el cielo un garabato zigzagueante, que en su violento descenso calcinó varios pinos próximos a la casa, antes de hundirse en el mar al pie del acantilado. Simultáneamente sentí una violenta detonación que reventó parte de los cristales de la galería, seguido de un potente crujido que me dejó casi sin resuello.  En aquel mismo instante oprimí a ciegas el disparador de la cámara, con la remota esperanza de haber captado la imagen. Y  creí advertir entonces, que una poderosa mano cósmica provista de un arma blanca, atronaba el cielo con sus mandobles, haciendo refulgir la oscuridad, cuando desgarraba las sombras de la noche en mil pedazos con la hoja flamígera  de su acero.
            Observé como el vello de mis brazos se erizaba, mientras un súbito escalofrío recorría todo mi cuerpo sudoroso. Luego traté de recuperar el control y sosegarme, al tiempo que se iba distanciando lentamente la tormenta, que había dejado a su paso suspendido en el aire un intenso tufo acre y azufrado, que impregnaba aquella agobiante atmósfera electrizada.
             Una vez repuesto de ese acontecimiento excepcional, desmonté sin más dilación la cámara del trípode y me dirigí apresuradamente a mi pequeño laboratorio para revelar la placa, con la incierta ilusión de haber capturado la fugaz  imagen del rayo en toda su amplitud e intensidad.
              Y en el fondo de la cubeta, bajo el líquido revelador, observé asombrado, como la imagen capturada por la placa fotográfica, a medida que se tornaba visible, mostraba los rasgos sorprendentes de una especie de crisálida, donde transcurría una fascinante metamorfosis de colores y formas sinuosas y caprichosas, hasta que se produjo el surgimiento de numerosos y minúsculos organismos de aspecto verdoso y fosforescentes, reptando lentamente entre los viscosos fluidos propios de la eclosión. Y al tiempo que se asomaban a la vida, se fueron fusionando parsimoniosamente hasta formar el esbozo perverso e inquietante de una esvástica viviente, que perseguía instintivamente rebasar con apremio la superficie del tanque del líquido de revelado, para alcanzar a continuación el aire libre que entraba por la ventana del pequeño recinto. Luego la vi perderse pronta y esquiva entre las sombras de la noche, dejando tras de sí un fulgor pálido y siniestro. Y tuve la inequívoca evidencia que portaba en su partida la Caja de Pandora, repleta de contenido tóxico, infecto y contagioso.



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